De Juan José Millás.
Un libro sin más historia que una metamorphosis.
A pesar de la insistencia de Zoe en que me leyera el libro de golpe, he necesitado varios retazos para leérmelo entre dos días. Esto, sin embargo, no ha impedido que me meta de lleno en las reflexiones de Elena, atrapada por la bola de ansiedad que se instaló en mis intestinos desde el mismo instante en que mis ojos recorrieron la primera línea.
Está reciente y doloroso en mi mente insatisfecha, que se confunde a sí misma en sus impresiones. Si yo conociera a alguien así (que se pasa el día en casa fumando hachís y bebiendo whiskey, preocupándose de su propia vida con un toquecito victimista) probablemente me sentiría molesta por tanta estupidez e inactividad inútil junta. Diría: "¡Cuántos pajaritos tiene en la cabeza! cómo se nota que no tiene que hacer nada". Yo, al igual que el marido de Elena, soy una persona que ha asumido que el mundo es como es y se ha instalado en la zona más cómoda y práctica de su propia vida, sin pensamientos trascendentales. Por eso me sorprende sobremanera la antipatía que me suscita Enrique, ese cabrón infiel e impersonal.
Es impresionante cómo los malestares de Elena se han trasladado a mí. Me sentí verdaderamente fatigada en sus desmayos, triste en sus delirios, sola en sus reflexiones. En algunas ocasiones me imaginaba estremecida por el asco y el miedo el aire gris, el frescor húmedo, el olor pegajoso de los porros y el ardor del alcohol. Veía un salón de resquicios angulosos y oscuros, todo aristas, con un reloj de madera oscura desentonando, grande y viejo, en la pared; y debajo una butaca de piel y madera, todo de un marrón gastado, gastada y dura. Los dos únicos objetos con personalidad propia, que acabaron por adquirir un matiz de calidez con la visión de Elena. Me gusta cómo ha conectado con su madre, gracias a los diarios. Me gusta pensar que, a pesar de las diferencias, ninguna distancia es insalvable.
Del mismo modo, me gusta la evolución de Elena. Me gusta su visión del mundo. Me ha hecho replantearme muchas cosas que nunca había pensado, como el porqué de las cosas que hago, el mecanismo del mundo y de las personas. ¿Hasta qué punto soy dueña de mi propia vida? Me siento tan persona y tan poco humana en este momento que la piel me molesta, y la postura en la que estoy sentada, a pesar de ser la misma de siempre. Por algún motivo, he cambiado y el mundo ya no es cómodo, ya no puedo adaptarme a él.
¿Con qué frases me quedaría del libro? Con estas, aunque no sabría decir si porque las tuve que leer dos veces, por el mazazo que supusieron brevemente para mi cabeza o si fue, quizá, porque sonaban bien. Muchas de ellas me dieron horas de pensamientos y de pesadillas sin sueños.
Porque las obsesiones parece que se van, pero regresan siempre a la cabeza tras recorrer un tubo que llamamos olvido
Estas palabras de la madre de Elena me recuerdan que la naturaleza de cada cual no se puede suprimir. ¿Cuántas veces escondo, renombro y olvido mis obsesiones? Silent Scream sabe que son muchas. Y ligada en parte a esa...
La locura resbala por la superficie de las cosas sin sufrir ningún daño.
Indiferente. Como Elena. Como yo, a veces, buscando sentimientos y lógicas donde solo hay costumbre.
La tristeza me golpeó en alguna parte, pero no conseguí llorar.
[...] se debate, como yo, entre acoplarse a lo que llaman realidad o levantar una realidad propia a la que retirarse a vivir.
En esta idea existe una suerte de sugerencia sobre controlar activamente la propia vida y el destino de cada cual. Es estimulante pensar que no tengo que seguir viendo el mundo que me rodea, pero ¿cómo cambio las cosas que me importan y las que no?
[...] aceptar que no pertenezco a nadie, a nada y que nada me pertenece [...]. Ello me reduce a la condición de un fantasma [...]. Esto debe de ser la soledad
Efectivamente, nunca me he sentido más sola que cuando tomé conciencia de que las relaciones que existen entre los objetos, las personas y yo son hilos imaginarios. No tengo derechos ni influencia sobre nada, como nada puede afectarme más que en una invención de mi cabeza. Todo esto es como caer en un vacío en que por instinto estiras la mano para aferrarte a las cosas, pero se desvanecen. Más adelante habla de la soledad como una amputación no visible, y es cierto, porque no sabes que estás solo hasta que te das cuenta de que nada es real más allá de la imaginación de las personas, más allá de los conceptos. Estás solo, y no te das cuenta hasta... hasta que Millás te hunde la vida.
Con respecto a esto, Elena se cita con su hermano buscando que éste le reconozca, "otorgándome así un lugar en la trama de lazos e intereses que cohesionan la realidad. " Y, sin embargo, su hermano es agresivo, vehemente, como yo lo hubiera sido de toparme con una criatura voluntariamente desamparada como Elena, al igual que hizo Enrique.
Una nunca sabe lo que representa para los demás ni de qué manera gratuita se puede perder o ganar un afecto. En cualquier caso, parecía confirmar mi sensación de lejanía con respecto al mundo. Mi soledad".
Un lugar donde el grito no suena, donde las lágrimas no reblandecen nada.
Sentí un cansancio enorme por estar viva.
Y esta última la incluyo porque, en ocasiones, me define muy bien.
En cuanto a la edición, me siento obligada a hacer un pequeño comentario (ya que el libro ha sido un préstamo de Zoe). Los que me conocéis sabéis que me encantan los libros antiguos, y esta edición de los 90 se ajusta muy bien a mi criterio. Páginas finas y amarillentas, cubierta despegada y rota, anotaciones y fragmentos subrayados. No huele a una persona en concreto, sino a libro viejo, y se distinguen diferentes tintas y grafías, por lo que supongo que ha pasado por varias manos. Recorrerlo con los ojos ha sido como golpearme con una verdad que ha estado siempre frente a mí, dura como una pared de cemento, cristalina como agua; pero recorrerlo con las manos ha sido como acariciar algo familiar, un fragmento de mí misma que creía perdido.
No sé si conocéis la sensación... tal vez estoy divagando.
Al igual que a Elena, eso se me da muy bien.
Gracias, Zoe.
sábado, 7 de noviembre de 2015
viernes, 7 de agosto de 2015
Luces de Bohemia.
Es el libro que tenía más a mano, ¿vale?
La primera vez que mis ojos recorrieron las líneas de Luces de Bohemia no lo entendí. Empecé a leerlo porque mi hermano, que detesta la lectura la mayor parte del tiempo, lo había encontrado fascinante y hermoso.
La segunda vez que lo alcancé, tenía trece años y el colegio nos iba a llevar a ver la obra de teatro, así que quise conocerlo antes de tiempo.
Pero ni siquiera esa segunda experiencia se acercaba a mi tercera y más reciente lectura, esta misma primavera. Con 17 años y un mínimo conocimiento del esperpento, el teatro y la historia de mi país, la obra de Valle-Inclán me ha dejado boquiabierta.
Para aquellos que no lo sepan, toda la obra se desarrolla en las 24 últimas horas de la vida de Max Estrella y las horas posteriores a su muerte. Pero no, no es en absoluto una obra de misterio, sino de denuncia, un retrato de la España de principios del siglo XX que no difiere mucho en la actualidad.
Muchos consideran que las imágenes y escenas descrita por Valle-Inclán están deformadas por su estilo esperpéntico y la perenne ridiculización de los personajes (desde el mismo Max y sus amigos, los poetas, hasta los burócratas, la policía, las fuerzas políticas...); pero personalmente considero que este cuadro se acerca mucho a la realidad de nuestros días, cien años después, y para defender esta imagen me apoyo en una serie de citas que me llamaron la atención durante mi lectura:
MAX: "Porque tú, gusano burocrático, no sabes nada. ¡Ni soñar!"
Estas palabras se las dedica a Serafín el Bonito en el Ministerio de la Gobernación tras su detención. Me recuerda mucho a esa deshumanización actual, a ciudades, y trámites, y realidad. Gris y sucia realidad. Serafín había instado a Max a referirse a su hogar como casa de vecinos y no como palacio, la palabra que el protagonista había empleado anteriormente. A esto Max responde "donde yo vivo, siempre es un palacio" y El Guindilla "no lo sabía". Hoy tampoco se sueña, el idealismo está mal visto. El arte es inútil. De los libros y del placer no se vive, solo de orden, burocracia, trabajo...
DON FILIBERTO: "Para ustedes en nuestra tierra no hay nada grande, nada digno de admiración. ¡Les compadezco! ¡Son ustedes bien desgraciados! ¡Ustedes no sienten la patria!"
Y es verdad. Nadie siente la patria, ni siquiera ahora. España es vaga, sucia, desarrapada. España es toros, fiestas, analfabetismo. Y si un español se orgullece de su tierra fértil, de su clima cálido, de los días largos, de los sueños a media tarde o de la magnífica dieta....; si un español ama su idioma, su bandera... entonces es un fascista. Un español no puede lucir su propia bandera sin ser automáticamente catalogado dentro de la derecha política. Es un fratricidio constante, una guerra civil determinada por los años de autoritarismo y pobreza.
MAX: "¡Vivo olvidado! Tú has sido un vidente dejando las letras por hacernos felices gobernando. Paco, las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!"
¿No es lo mismo que dije antes? No podemos olvidarnos de comer y de vivir, el dinero es tan necesario como sobrevalorado. ¿Qué le vamos a hacer si el funcionamiento de la vida y el sistema priman sobre la cultura, el arte y la realización personal? Veneramos a antiguos filósofos, pintores, poetas sin permitir que nuestra generación construya algo que pueda ser admirado más tarde por otras personas. Me gusta la respuesta del ministro: "Las letras no tienen la consideración que debieran, ciertamente."
Y por último, a pesar de que he tenido que omitir algunas citas para no extenderme demasiado, he aquí mi favorita:
OTRO SEPULTURERO: "En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser un sinvergüenza. En España se premia todo lo malo".
¿Qué puedo decir ante esto? las palabras que resumen el por qué siento vergüenza hacia mi país, mi patria y, sobre todas las cosas, mi gente. Me avergüenza la incultura, me avergüenza la televisión, el cotilleo y el corazón. Me apena ir en el metro, y ser la única sosteniendo el libro entre tanta gente chateando. Y que nadie vaya al teatro, a la ópera, al ballet. Que nadie escuche, como yo ahora mismo, a Tchaikovsky, Beethoven, Mozart, Bach, Pachebel, Satie; que no se interesen por el jazz. Nietzsche tenía razón: todo lo que no sea un bien de consumo se aparta, todo lo que requiera un esfuerzo mental está mal considerado. Todo lo que a mí me gusta y me convierte en una empollona.
Así pues, concluyo este pequeño análisis recomendando a todo el mundo que lea Luces de Bohemia, siempre y cuando le apetezca un rato de reflexión.
Au revoir!
Presentaciones.
¿Cuál es el objeto de crearme un nuevo blog? Como algunos saben ya, tengo un sitio personal que me ayuda a lidiar con toda la morralla que se me acumula en la cabeza; y también existe otro dedicado al mundo del fan-fiction. ¿A qué viene este?
¡Pues a la literatura! ¿a qué otra cosa podría dedicar mis más íntimos pensamiento si no es a aquello que me hace la persona más feliz del mundo?
Bueno, dejémonos de retoricismos. En resumidas cuentas, este blog existe para ayudarme a reflexionar un poco sobre algunos de los libros que haya leído o que vaya leyendo. Ahora mismo, de hecho, tengo un famoso best-seller de Marcus Zusak en mis manos, pero ese no tocará hasta que no lo lea... ¿o quizá sí? ¿quién sabe?
¡Disfrutad!
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