lunes, 22 de febrero de 2016

El médico.

Rob me ha acompañado durante lo que parece mucho tiempo (para mi ritmo de lectura habitual), así que me siento como si le hubiera visto crecer. El niño perdido, el joven problemático, el viajero, el aprendiz, el enamorado, el judío, el médico, el guerrero, el padre. Muchas facetas de un personaje detallado y pincelado como pocos, delicado, fuerte, valiente y admirable, pero con sus defectos (tan orgulloso y rebelde...)
Admiro su dedicación, tengo que admitirlo. su sacrificio por aprender medicina, su pasión para ayudar a otros hacen que mi propia vida parezca simple, vacía y viciosa. Rob tiene un pasado trágico, pero no se sumerge en sus penas. Perdió a sus padres, a sus hermanos, a su protector, a sus amigos y a su maestro. ¡Y hay quien dice que matar a los personajes entrañables es un fenómeno de la literatura más moderna! (sí, hablo de Juego de Tronos).
Es un libro para empaparse de cultura. De siglo XI, de Inglaterra, Europa, Persia, de Judaísmo, de Islam, Avicena. De la mentalidad y la luz de los descubrimientos en la oscura Edad Media. Se las luchas interiores entre lo que es bueno y lo que es correcto. Sé que es una novela de ficción, no puramente histórica, pero sí que tiene muchos guiños a la realidad que te mantienen en el camino con la tranquilidad de lo que es familiar y conocido. Páginas llenas de contrastes dominados por personajes mágicos y encantadores, como el pintoresco Barber, la fuerte esposa Mary, el sabio Mirdin, el voluble y romántico Karim, el maestro omnipotente Ibn Sina. Todos los personajes que colaboran o perjudican al protagonista durante su viaje son únicos, todos amados y odiados, porque no hay completos héroes ni completos villanos. Hay seres humanos con deseos, vicios y poder.
Y Rob... si hubiera podido, si me lo hubiera encontrado en el camino polvoriento a Ispahán, me habría arrodillado para abrazarle. Si le hubiera visto en el muelle de Londres, le habría consolado. Como lectora, quisiera haberle dado comida y abrigo a lo largo de la travesía con un instinto sorprendentemente potente, como si fuera mi hijo y no uno más de los muchos personajes que han vivido brevemente en mi cabeza.

Es la primera novela que leo de Noah Gordon y me parece magistral, una obra de arte en papel. Tengo muchas ganas de leer algo suyo de nuevo, que me transporte a un mundo diferente. La sensación al terminar El médico fue de absoluta pérdida, con un matiz de desilusión. Admito que quería que Jesse se quedase en Persia, trabajando en el mejor hospital del mundo con Al-Juzjani e Ibn Sina. No quería que murieran. No quería que hubiera una guerra. Solo deseaba que el libro permaneciera indefinidamente en la etapa en que se convierte en Hakim para no volver jamás a la oscura y húmeda Londres que Mary tanto detestaba (con razón). Quería seguir en el cálido y colorido mercado, en el calaat del Yehudiyeh, el Maristan y la Madraza. Cuando todo eso se acabó, y también Londres y Escocia, yo no sabía a dónde ir, como si llevara mucho tiempo moviéndome en mi cabeza a remolque de este joven desconocido.

Si tengo que seguir con la costumbre de quedarme con alguna cita, hay dos que me han llamado especialmente la atención. En realidad, son dos diálogos entre Rob y Mirdin, que siempre supo sacar lo mejor de él:
Mirdin: Yo no hablaría de eso, los médicos persas opinan que los cirujanos barberos son...
Rob: ¿Menos que admirables?
Mirdin: No son apreciados.
Rob: Me da exactamente lo mismo. Yo no me disculpo por lo que soy.

***
Rob: ... No estoy hablando de la palabra de Dios, sino de la interpretación que hace el hombre de la palabra de Dios. Eso es lo que ha mantenido al mundo en la ignorancia y la oscuridad a lo largo de mil años.
Mirdin: Nadie ha pedido tu aprobación. Además, no es sensata ni decorosa. Lo único que acordamos es que estudiarías las leyes de Dios.
Rob: Sí, acepté estudiarlas. Pero no accedí a cerrar mi mente ni a acallar mi criterio.

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