Este libro llegó a mis manos casi por casualidad. Me lo
regaló un disparatado soñador bajo el buen criterio de mi afición por el mundo
japonés. También con el soñador propósito de conocer más profundamente la
mentalidad japonesa y la historia de la transformación de los tiempos de Meiji
comencé la lectura del gastado librito de papel amarillento, comprado en un
mercadillo de segunda mano por muy poco dinero. Lo que sí que no tiene precio
es la frustración que ha supuesto para mí.
Pero antes de llegar a este punto, las presentaciones: la
obra fue originalmente escrita en alemán por Hisako Matsubara, prestigiosa
ensayista y experta en el ámbito de la religión comparada y sacerdotisa shinto.
Narra la historia de la familia Hayato, en un pueblo costero llamado Himari.
Hayato es un gran samurai caído en desgracia tras una mala decisión económica,
y por ello decide enviar a su yoshi
(hijo adoptivo) a los Estados Unidos a hacer fortuna para la familia. El yoshi
Nagayuki es el marido de la protagonista y narradora de la historia, Tomiko,
una muchacha frustrada ante la escasa capacidad de Nagayuki de decidir y
revelarse contra los rígidos valores impuestos por el padre.
En puros términos técnicos, el libro es sorprendentemente lento,
teniendo en cuenta su brevedad. Pocas cosas pasan en pocas páginas. Hay pocos
personajes, pero sus características están muy bien delimitadas y conducen a un
cierto sentimiento de amor-odio en el lector. Me explico: Hayato se presenta
como un personaje rígido, altivo y orgulloso, aferrado a un mundo de
apariencias, pero también es un padre y abuelo cariñoso y dulce. Esto choca con
su escaso sentido de la responsabilidad, su enorme exigencia y con cómo juega
con los destinos de su familia sin considerar en modo alguno los sentimientos de
su hija. Tomiko me inspira la simpatía natural de la protagonista indefensa que
sufre en silencio, pero también me enerva su falta de intervención real. Es
como un sujeto pasivo, frustrante y dolorosamente sumiso. Es algo que también
me ocurre con el personaje de Nagayuki, que aparece siempre en la distancia,
pero que compensa esa falta de iniciativa propia con el duro trabajo que le
supone cumplir su cometido como yoshi. Son personajes poco valientes, que me
frustran y enervan, pero supongo que ejemplifican muy bien el sentido del
honor, del deber, el amor incondicional de la mujer, la intransigencia y el
inmovilismo de Hayato.
Es un buen retrato de la caída del antiguo régimen, en
esencia, y la decadencia de la nobleza (encarnada en Fumiya, del clan
Ogasawara). La decadencia del mundo de los viejos samurais aparece también
metafóricamente, relacionándose con elementos de la naturaleza como bosques,
árboles y bonsáis. La atmósfera general es apacible, delicada, repleta de
numerosas imágenes y descripciones de la sensibilidad artística y estética del
mundo japonés. Instructivo, efectivamente, en tanto que recrea el mundo
exterior y la psicología de los personajes que reflejan los sentimientos y
deseos más profundos del ser humano. El estilo es sobrio, pero intenso, y eso
es algo que encaja muy bien conmigo; aunque he de decir que el final es
apoteósico como un ramalazo de fuego en un paisaje floral, y devoré con ansia las
últimas palabras de la novela. Absolutamente sorprendente.
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