¿Son necesarias las presentaciones? Espero que no.
No soy una gran amante de Shakespeare, pero conozco su obra a nivel básico. Me gusta la vitalidad poética de su estilo y la intensidad irrepetible de cada personaje de la obra Shakespeariana: Otelo, Hamlet, Macbeth, el rey Lear, Falstaff... Romeo y Julieta. Pero dado que su obra ha pasado a la historia de la literatura como "clásica", no es de extrañar que miles de lectores la hayan manipulado, idealizado y malinterpretado. Como dijera Peter Brook, We are faced with the infuriating fact that Shakespeare is still our model.
Romeo y Julieta es, para muchos, un himno indiscutible al amor, o una reflexión sobre el carácter ineludible del destino. Muchos jóvenes sueñan con este amor de cine, de sonatas en un balcón... un amor voluble e infantil que, por cierto, duró tres días y dejó seis muertos.
Yo, particularmente, siempre he visto un guiño muy inteligente al carácter caprichoso de la juventud, la estupidez humana, y un retrato de la sociedad que no tiene mucho que hacer más allá de bailar, enamorarse y autocompadecerse (cuando se te viene a la cabeza: ¡a ti te daba yo un problema de verdad...!) y que no ha cambiado mucho desde el siglo XVI.
¿No aparece Romeo como un muchacho arrasado por una breve pasión juvenil? Ya dice la señora de Montesco: Dicen que va allí Romeo a juntar su llanto con el rocío de la mañana y a contar a las nubes sus querellas, y apenas el sol, alegría del mundo, descorre los sombríos pabellones del tálamo de la aurora, huye Romeo de la luz y torna a su casa.; Y se queja Romeo del lento transcurso de las horas a Benvolio, lloriqueando a la vehemencia discordante de su amor por Rosalía, que no es otra cosa que un argumento secundario, una vía para introducir a Julieta en la obra,
Creo que el personaje que más me atrae es Fray Lorenzo. Si Romeo y Julieta fuera una crítica, un esperpento lleno de ridículas marionetas, Lorenzo podría ser el personaje más digno, especialmente cuando critica los veleidosos afectos de Romeo: ¡Qué pronto olvidaste a Rosalía, en quien cifrabas antes tu cariño" El amor de los jóvenes nace de los ojos, y no del corazón. Aún no se han disipado los vapores de tu llanto, aún resuenan en mis oídos tus quejas [...] Y ahora te has mudado. ¡Y luego acusáis de inconstantes a las mujeres! [...] Yo no reprobaba tu amor por Rosalía, sino tu idolatría ciega.
Una cosa tengo que reconocerle a la obra: me llevo algunas citas muy hermosas sobre el amor... aunque sea el tonteo de dos adolescentes idiotas.
Bibliophilia.
martes, 19 de julio de 2016
martes, 12 de julio de 2016
Samurai.
Este libro llegó a mis manos casi por casualidad. Me lo
regaló un disparatado soñador bajo el buen criterio de mi afición por el mundo
japonés. También con el soñador propósito de conocer más profundamente la
mentalidad japonesa y la historia de la transformación de los tiempos de Meiji
comencé la lectura del gastado librito de papel amarillento, comprado en un
mercadillo de segunda mano por muy poco dinero. Lo que sí que no tiene precio
es la frustración que ha supuesto para mí.
Pero antes de llegar a este punto, las presentaciones: la
obra fue originalmente escrita en alemán por Hisako Matsubara, prestigiosa
ensayista y experta en el ámbito de la religión comparada y sacerdotisa shinto.
Narra la historia de la familia Hayato, en un pueblo costero llamado Himari.
Hayato es un gran samurai caído en desgracia tras una mala decisión económica,
y por ello decide enviar a su yoshi
(hijo adoptivo) a los Estados Unidos a hacer fortuna para la familia. El yoshi
Nagayuki es el marido de la protagonista y narradora de la historia, Tomiko,
una muchacha frustrada ante la escasa capacidad de Nagayuki de decidir y
revelarse contra los rígidos valores impuestos por el padre.
En puros términos técnicos, el libro es sorprendentemente lento,
teniendo en cuenta su brevedad. Pocas cosas pasan en pocas páginas. Hay pocos
personajes, pero sus características están muy bien delimitadas y conducen a un
cierto sentimiento de amor-odio en el lector. Me explico: Hayato se presenta
como un personaje rígido, altivo y orgulloso, aferrado a un mundo de
apariencias, pero también es un padre y abuelo cariñoso y dulce. Esto choca con
su escaso sentido de la responsabilidad, su enorme exigencia y con cómo juega
con los destinos de su familia sin considerar en modo alguno los sentimientos de
su hija. Tomiko me inspira la simpatía natural de la protagonista indefensa que
sufre en silencio, pero también me enerva su falta de intervención real. Es
como un sujeto pasivo, frustrante y dolorosamente sumiso. Es algo que también
me ocurre con el personaje de Nagayuki, que aparece siempre en la distancia,
pero que compensa esa falta de iniciativa propia con el duro trabajo que le
supone cumplir su cometido como yoshi. Son personajes poco valientes, que me
frustran y enervan, pero supongo que ejemplifican muy bien el sentido del
honor, del deber, el amor incondicional de la mujer, la intransigencia y el
inmovilismo de Hayato.
Es un buen retrato de la caída del antiguo régimen, en
esencia, y la decadencia de la nobleza (encarnada en Fumiya, del clan
Ogasawara). La decadencia del mundo de los viejos samurais aparece también
metafóricamente, relacionándose con elementos de la naturaleza como bosques,
árboles y bonsáis. La atmósfera general es apacible, delicada, repleta de
numerosas imágenes y descripciones de la sensibilidad artística y estética del
mundo japonés. Instructivo, efectivamente, en tanto que recrea el mundo
exterior y la psicología de los personajes que reflejan los sentimientos y
deseos más profundos del ser humano. El estilo es sobrio, pero intenso, y eso
es algo que encaja muy bien conmigo; aunque he de decir que el final es
apoteósico como un ramalazo de fuego en un paisaje floral, y devoré con ansia las
últimas palabras de la novela. Absolutamente sorprendente.
viernes, 26 de febrero de 2016
La ladrona de libros
"La ladrona de libros" no es lo que esperamos que sea. No es un libro de judíos y nazis, como nos prometen la película y la consideración general de los rumores.
Pero remontémonos al principio. "Cartas cruzadas", otra novela de Zusak, no me había preparado para esto, siendo una novela relativamente simple de auto-conocimiento con un toque de misterio y el idealismo de quienes quieren salvar al género humano. Cuando la vida de Liesel Merminger, contada por la muerte, cayó en mis manos, yo tenía la mente preparada para una tragedia al estilo Anna Frank, al estilo del niño con el pijama de rayas, me esperaba la inocencia de un niño en un contexto de morboso belicismo.
Qué equivocada estaba.
Los recuerdos de la muerte caen como piedras en la mente del lector, anticipando el terror. Un pedacito de realidad que, por alguna razón, pasa por la desgracia casi de puntillas. Son personajes especiales en el contexto de la sencillez de un pueblo alemán a finales de los años 30. Está Liesel, adoptada por una familia en Colonia después de perder a su familia, Están su madre, el perfecto ejemplo de una tsundere, y su padre, que me recuerda tanto al mío que casi duele. Y luego su mejor amigo, el rebelde corredor. Y dos niños luchando contra el hambre y la pobreza con pequeños robos de frutas, como pequeños gatitos con el lomo erizado. Y luego el prisionero judío, el invitado, y los lazos de su vida, y sus planes de venganza, y sus libros y cuadros. Es el mundo alemán a los ojos de una muchacha alemana, rubia y de ojos azules. ¿Qué podría salir mal?
El mundo entero estaba saliendo mal. Y cuando casi has olvidado que estás en Alemania y que Hitler pierde la guerra, Zusak moja el pincel en la oleosa pintura y extiende las cenizas por el cuadro, enseñándote que nadie es bueno ni malo, nadie se salva y nadie pierde. Es un súbito mordisco amargo en medio de un alimento dulce y casi insípido.
El desarrollo de la obra no es rápido, pero tampoco necesitas que lo sea. Te basta con deslizarte por las páginas como quien se tumba suavemente al sol y se deja acariciar por su calor. Y si luego se nubla y llueve, bueno, podía ocurrir. Estabas avisado, en realidad.
Así que, lector, te recomiendo que en tiempos de tormenta cierres los ojos y pienses en el sol, y solo así podrás sobrevivir a este libro.
Cumbres Borrascosas
Recuerdo que la primera vez que leí Cumbres Borrascosas tenía 10 años, y fue por culpa de Crepúsculo (ya hablaré de este en otro momento), un libro lleno de referencias y analogías a Catherine y Heathcliff.
Existe todo un estigma negativo en torno a los libros del romanticismo victoriano, aunque supongo que esto forma parte del fenómeno social de desprestigiar sistemáticamente todas las cosas: las que están de moda y las que no, lo mainstream y lo retro. Todo se asocia a fenómenos sociales, de masas y de categorización, uno de ellos consistentes en ligar la literatura del inglés del siglo XIX con jovencitas de mente enamoradiza y soñadora. Así, cuando Margaret Lea enferma en "El cuento número trece", el médico le pregunta qué lee y a raíz de las respuestas de ellas llega a la conclusión de que padece la enfermedad de la mente romántica que desfallece y bla bla bla.
A lo que iba..., ya sea cierto o no que estas personas leen este tipo de libros, considero que Cumbres Borrascosas no sigue el mismo esquema de los demás. Catherine no es una chica dulce y sencillamente elegante y Heathcliff no es un caballero que tiene que elegir entre su amor y su honor. No hay bailes ni fortunas que medien, y la frivolidad social se ve sustituída por la frivolidad de los egoísmos humanos. De esta forma, Emily Brontë crea unos personajes malvados hasta casi lo obsceno, corrompidos por las circunstancias, maltratados por ellos mismos y por otras personas del entorno. Son personajes viciosos, y hasta la joven e inocente Cathy se transforma llegado a un momento en una bruja malhumorada.
Pero, ¿ocurre esto por influencia de Heathcliff? Durante todo el libro se sostiene que este personaje oscuro y rencoroso encarna la oscuridad en su esencia más pura. Un hombre que pocas páginas atrás era un niño huérfano, acogido de pura chiripa por su generoso patrón como un hijo más, un niño maltratado por sus hermanastros, su madrastra y sus propios criados. Así, cuando el padre de los Earnshaw muere, Heathcliff lo pierde todo, y después de años de vaga miseria se rehace a sí mismo con el matiz más frío y cortante que jamás leí en nadie.
Pero hasta Heathcliff es humano, un hombre enamorado de la única persona que, de forma más o menos desinteresada, se mantuvo a su lado. Y los capítulos se llenan de su amargura y su pérdida, de su degeneración. Él no es un personaje vicioso, ni mucho menos, es un niño protegido por una coraza de furia.
Cumbres Borrascosas no es una historia de amor, es una historia de venganza.
Las obras clásicas son previsibles e inocentes. Esta es amarga, una pincelada de vida en una época tan idealizada por tantos...
Pero, ¿qué puedo saber yo, otra de esas jóvenes románticas que sueñan con encontrar a su Darcy, a su Rochester...? Sin embargo, como dijo Heathcliff, que también era un ser humano: "no puedo vivir sin mi vida, no puedo vivir sin mi alma".
Existe todo un estigma negativo en torno a los libros del romanticismo victoriano, aunque supongo que esto forma parte del fenómeno social de desprestigiar sistemáticamente todas las cosas: las que están de moda y las que no, lo mainstream y lo retro. Todo se asocia a fenómenos sociales, de masas y de categorización, uno de ellos consistentes en ligar la literatura del inglés del siglo XIX con jovencitas de mente enamoradiza y soñadora. Así, cuando Margaret Lea enferma en "El cuento número trece", el médico le pregunta qué lee y a raíz de las respuestas de ellas llega a la conclusión de que padece la enfermedad de la mente romántica que desfallece y bla bla bla.
A lo que iba..., ya sea cierto o no que estas personas leen este tipo de libros, considero que Cumbres Borrascosas no sigue el mismo esquema de los demás. Catherine no es una chica dulce y sencillamente elegante y Heathcliff no es un caballero que tiene que elegir entre su amor y su honor. No hay bailes ni fortunas que medien, y la frivolidad social se ve sustituída por la frivolidad de los egoísmos humanos. De esta forma, Emily Brontë crea unos personajes malvados hasta casi lo obsceno, corrompidos por las circunstancias, maltratados por ellos mismos y por otras personas del entorno. Son personajes viciosos, y hasta la joven e inocente Cathy se transforma llegado a un momento en una bruja malhumorada.
Pero, ¿ocurre esto por influencia de Heathcliff? Durante todo el libro se sostiene que este personaje oscuro y rencoroso encarna la oscuridad en su esencia más pura. Un hombre que pocas páginas atrás era un niño huérfano, acogido de pura chiripa por su generoso patrón como un hijo más, un niño maltratado por sus hermanastros, su madrastra y sus propios criados. Así, cuando el padre de los Earnshaw muere, Heathcliff lo pierde todo, y después de años de vaga miseria se rehace a sí mismo con el matiz más frío y cortante que jamás leí en nadie.
Pero hasta Heathcliff es humano, un hombre enamorado de la única persona que, de forma más o menos desinteresada, se mantuvo a su lado. Y los capítulos se llenan de su amargura y su pérdida, de su degeneración. Él no es un personaje vicioso, ni mucho menos, es un niño protegido por una coraza de furia.
Cumbres Borrascosas no es una historia de amor, es una historia de venganza.
Las obras clásicas son previsibles e inocentes. Esta es amarga, una pincelada de vida en una época tan idealizada por tantos...
Pero, ¿qué puedo saber yo, otra de esas jóvenes románticas que sueñan con encontrar a su Darcy, a su Rochester...? Sin embargo, como dijo Heathcliff, que también era un ser humano: "no puedo vivir sin mi vida, no puedo vivir sin mi alma".
lunes, 22 de febrero de 2016
El médico.
Rob me ha acompañado durante lo que parece mucho tiempo (para mi ritmo de lectura habitual), así que me siento como si le hubiera visto crecer. El niño perdido, el joven problemático, el viajero, el aprendiz, el enamorado, el judío, el médico, el guerrero, el padre. Muchas facetas de un personaje detallado y pincelado como pocos, delicado, fuerte, valiente y admirable, pero con sus defectos (tan orgulloso y rebelde...)
Admiro su dedicación, tengo que admitirlo. su sacrificio por aprender medicina, su pasión para ayudar a otros hacen que mi propia vida parezca simple, vacía y viciosa. Rob tiene un pasado trágico, pero no se sumerge en sus penas. Perdió a sus padres, a sus hermanos, a su protector, a sus amigos y a su maestro. ¡Y hay quien dice que matar a los personajes entrañables es un fenómeno de la literatura más moderna! (sí, hablo de Juego de Tronos).
Es un libro para empaparse de cultura. De siglo XI, de Inglaterra, Europa, Persia, de Judaísmo, de Islam, Avicena. De la mentalidad y la luz de los descubrimientos en la oscura Edad Media. Se las luchas interiores entre lo que es bueno y lo que es correcto. Sé que es una novela de ficción, no puramente histórica, pero sí que tiene muchos guiños a la realidad que te mantienen en el camino con la tranquilidad de lo que es familiar y conocido. Páginas llenas de contrastes dominados por personajes mágicos y encantadores, como el pintoresco Barber, la fuerte esposa Mary, el sabio Mirdin, el voluble y romántico Karim, el maestro omnipotente Ibn Sina. Todos los personajes que colaboran o perjudican al protagonista durante su viaje son únicos, todos amados y odiados, porque no hay completos héroes ni completos villanos. Hay seres humanos con deseos, vicios y poder.
Y Rob... si hubiera podido, si me lo hubiera encontrado en el camino polvoriento a Ispahán, me habría arrodillado para abrazarle. Si le hubiera visto en el muelle de Londres, le habría consolado. Como lectora, quisiera haberle dado comida y abrigo a lo largo de la travesía con un instinto sorprendentemente potente, como si fuera mi hijo y no uno más de los muchos personajes que han vivido brevemente en mi cabeza.
Es la primera novela que leo de Noah Gordon y me parece magistral, una obra de arte en papel. Tengo muchas ganas de leer algo suyo de nuevo, que me transporte a un mundo diferente. La sensación al terminar El médico fue de absoluta pérdida, con un matiz de desilusión. Admito que quería que Jesse se quedase en Persia, trabajando en el mejor hospital del mundo con Al-Juzjani e Ibn Sina. No quería que murieran. No quería que hubiera una guerra. Solo deseaba que el libro permaneciera indefinidamente en la etapa en que se convierte en Hakim para no volver jamás a la oscura y húmeda Londres que Mary tanto detestaba (con razón). Quería seguir en el cálido y colorido mercado, en el calaat del Yehudiyeh, el Maristan y la Madraza. Cuando todo eso se acabó, y también Londres y Escocia, yo no sabía a dónde ir, como si llevara mucho tiempo moviéndome en mi cabeza a remolque de este joven desconocido.
Si tengo que seguir con la costumbre de quedarme con alguna cita, hay dos que me han llamado especialmente la atención. En realidad, son dos diálogos entre Rob y Mirdin, que siempre supo sacar lo mejor de él:
Mirdin: Yo no hablaría de eso, los médicos persas opinan que los cirujanos barberos son...
Rob: ¿Menos que admirables?
Mirdin: No son apreciados.
Rob: Me da exactamente lo mismo. Yo no me disculpo por lo que soy.
***
Rob: ... No estoy hablando de la palabra de Dios, sino de la interpretación que hace el hombre de la palabra de Dios. Eso es lo que ha mantenido al mundo en la ignorancia y la oscuridad a lo largo de mil años.
Mirdin: Nadie ha pedido tu aprobación. Además, no es sensata ni decorosa. Lo único que acordamos es que estudiarías las leyes de Dios.
Rob: Sí, acepté estudiarlas. Pero no accedí a cerrar mi mente ni a acallar mi criterio.
Admiro su dedicación, tengo que admitirlo. su sacrificio por aprender medicina, su pasión para ayudar a otros hacen que mi propia vida parezca simple, vacía y viciosa. Rob tiene un pasado trágico, pero no se sumerge en sus penas. Perdió a sus padres, a sus hermanos, a su protector, a sus amigos y a su maestro. ¡Y hay quien dice que matar a los personajes entrañables es un fenómeno de la literatura más moderna! (sí, hablo de Juego de Tronos).
Es un libro para empaparse de cultura. De siglo XI, de Inglaterra, Europa, Persia, de Judaísmo, de Islam, Avicena. De la mentalidad y la luz de los descubrimientos en la oscura Edad Media. Se las luchas interiores entre lo que es bueno y lo que es correcto. Sé que es una novela de ficción, no puramente histórica, pero sí que tiene muchos guiños a la realidad que te mantienen en el camino con la tranquilidad de lo que es familiar y conocido. Páginas llenas de contrastes dominados por personajes mágicos y encantadores, como el pintoresco Barber, la fuerte esposa Mary, el sabio Mirdin, el voluble y romántico Karim, el maestro omnipotente Ibn Sina. Todos los personajes que colaboran o perjudican al protagonista durante su viaje son únicos, todos amados y odiados, porque no hay completos héroes ni completos villanos. Hay seres humanos con deseos, vicios y poder.
Y Rob... si hubiera podido, si me lo hubiera encontrado en el camino polvoriento a Ispahán, me habría arrodillado para abrazarle. Si le hubiera visto en el muelle de Londres, le habría consolado. Como lectora, quisiera haberle dado comida y abrigo a lo largo de la travesía con un instinto sorprendentemente potente, como si fuera mi hijo y no uno más de los muchos personajes que han vivido brevemente en mi cabeza.
Es la primera novela que leo de Noah Gordon y me parece magistral, una obra de arte en papel. Tengo muchas ganas de leer algo suyo de nuevo, que me transporte a un mundo diferente. La sensación al terminar El médico fue de absoluta pérdida, con un matiz de desilusión. Admito que quería que Jesse se quedase en Persia, trabajando en el mejor hospital del mundo con Al-Juzjani e Ibn Sina. No quería que murieran. No quería que hubiera una guerra. Solo deseaba que el libro permaneciera indefinidamente en la etapa en que se convierte en Hakim para no volver jamás a la oscura y húmeda Londres que Mary tanto detestaba (con razón). Quería seguir en el cálido y colorido mercado, en el calaat del Yehudiyeh, el Maristan y la Madraza. Cuando todo eso se acabó, y también Londres y Escocia, yo no sabía a dónde ir, como si llevara mucho tiempo moviéndome en mi cabeza a remolque de este joven desconocido.
Si tengo que seguir con la costumbre de quedarme con alguna cita, hay dos que me han llamado especialmente la atención. En realidad, son dos diálogos entre Rob y Mirdin, que siempre supo sacar lo mejor de él:
Mirdin: Yo no hablaría de eso, los médicos persas opinan que los cirujanos barberos son...
Rob: ¿Menos que admirables?
Mirdin: No son apreciados.
Rob: Me da exactamente lo mismo. Yo no me disculpo por lo que soy.
***
Rob: ... No estoy hablando de la palabra de Dios, sino de la interpretación que hace el hombre de la palabra de Dios. Eso es lo que ha mantenido al mundo en la ignorancia y la oscuridad a lo largo de mil años.
Mirdin: Nadie ha pedido tu aprobación. Además, no es sensata ni decorosa. Lo único que acordamos es que estudiarías las leyes de Dios.
Rob: Sí, acepté estudiarlas. Pero no accedí a cerrar mi mente ni a acallar mi criterio.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Pedro Páramo.
¡Atención! Si estás leyendo Pedro Páramo o planeas leerlo, esta entrada contiene spoiler: un párrafo del final de la novela.
¿Cuántas veces me ha mencionado alguien a Juan Rulfo dentro del boom de la literatura hispanoamericana del siglo XX? Solamente una, en mis apuntes de lengua de este año.Al terminar de leer Pedro Páramo, mis sentimientos confusos me dejaron cara de boba. La última página, intensa, resonaba aún en los confines de mi voz mental; por eso voy a copiarla aquí mismo. Quizá entonces entendáis por qué no comprendo su "olvido".
" Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: << Todos escogen el mismo camino. Todos se van.>> Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos.- Susana - dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras...>> ... Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.>>Quiso levantar su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas la retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.<<Ésta es mi muerte>>, dijo.El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su pueblo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo. Y el aire de la vida.<< Con tal de que no sea una nueva noche>>, pensaba él.Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo. "
¿Cuántas veces me ha mencionado alguien a Juan Rulfo dentro del boom de la literatura hispanoamericana del siglo XX? Solamente una, en mis apuntes de lengua de este año.Al terminar de leer Pedro Páramo, mis sentimientos confusos me dejaron cara de boba. La última página, intensa, resonaba aún en los confines de mi voz mental; por eso voy a copiarla aquí mismo. Quizá entonces entendáis por qué no comprendo su "olvido".
" Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: << Todos escogen el mismo camino. Todos se van.>> Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos.- Susana - dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras...>> ... Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.>>Quiso levantar su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas la retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.<<Ésta es mi muerte>>, dijo.El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su pueblo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo. Y el aire de la vida.<< Con tal de que no sea una nueva noche>>, pensaba él.Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo. "
sábado, 7 de noviembre de 2015
La soledad era esto.
De Juan José Millás.
Un libro sin más historia que una metamorphosis.
A pesar de la insistencia de Zoe en que me leyera el libro de golpe, he necesitado varios retazos para leérmelo entre dos días. Esto, sin embargo, no ha impedido que me meta de lleno en las reflexiones de Elena, atrapada por la bola de ansiedad que se instaló en mis intestinos desde el mismo instante en que mis ojos recorrieron la primera línea.
Está reciente y doloroso en mi mente insatisfecha, que se confunde a sí misma en sus impresiones. Si yo conociera a alguien así (que se pasa el día en casa fumando hachís y bebiendo whiskey, preocupándose de su propia vida con un toquecito victimista) probablemente me sentiría molesta por tanta estupidez e inactividad inútil junta. Diría: "¡Cuántos pajaritos tiene en la cabeza! cómo se nota que no tiene que hacer nada". Yo, al igual que el marido de Elena, soy una persona que ha asumido que el mundo es como es y se ha instalado en la zona más cómoda y práctica de su propia vida, sin pensamientos trascendentales. Por eso me sorprende sobremanera la antipatía que me suscita Enrique, ese cabrón infiel e impersonal.
Es impresionante cómo los malestares de Elena se han trasladado a mí. Me sentí verdaderamente fatigada en sus desmayos, triste en sus delirios, sola en sus reflexiones. En algunas ocasiones me imaginaba estremecida por el asco y el miedo el aire gris, el frescor húmedo, el olor pegajoso de los porros y el ardor del alcohol. Veía un salón de resquicios angulosos y oscuros, todo aristas, con un reloj de madera oscura desentonando, grande y viejo, en la pared; y debajo una butaca de piel y madera, todo de un marrón gastado, gastada y dura. Los dos únicos objetos con personalidad propia, que acabaron por adquirir un matiz de calidez con la visión de Elena. Me gusta cómo ha conectado con su madre, gracias a los diarios. Me gusta pensar que, a pesar de las diferencias, ninguna distancia es insalvable.
Del mismo modo, me gusta la evolución de Elena. Me gusta su visión del mundo. Me ha hecho replantearme muchas cosas que nunca había pensado, como el porqué de las cosas que hago, el mecanismo del mundo y de las personas. ¿Hasta qué punto soy dueña de mi propia vida? Me siento tan persona y tan poco humana en este momento que la piel me molesta, y la postura en la que estoy sentada, a pesar de ser la misma de siempre. Por algún motivo, he cambiado y el mundo ya no es cómodo, ya no puedo adaptarme a él.
¿Con qué frases me quedaría del libro? Con estas, aunque no sabría decir si porque las tuve que leer dos veces, por el mazazo que supusieron brevemente para mi cabeza o si fue, quizá, porque sonaban bien. Muchas de ellas me dieron horas de pensamientos y de pesadillas sin sueños.
Porque las obsesiones parece que se van, pero regresan siempre a la cabeza tras recorrer un tubo que llamamos olvido
Estas palabras de la madre de Elena me recuerdan que la naturaleza de cada cual no se puede suprimir. ¿Cuántas veces escondo, renombro y olvido mis obsesiones? Silent Scream sabe que son muchas. Y ligada en parte a esa...
La locura resbala por la superficie de las cosas sin sufrir ningún daño.
Indiferente. Como Elena. Como yo, a veces, buscando sentimientos y lógicas donde solo hay costumbre.
La tristeza me golpeó en alguna parte, pero no conseguí llorar.
[...] se debate, como yo, entre acoplarse a lo que llaman realidad o levantar una realidad propia a la que retirarse a vivir.
En esta idea existe una suerte de sugerencia sobre controlar activamente la propia vida y el destino de cada cual. Es estimulante pensar que no tengo que seguir viendo el mundo que me rodea, pero ¿cómo cambio las cosas que me importan y las que no?
[...] aceptar que no pertenezco a nadie, a nada y que nada me pertenece [...]. Ello me reduce a la condición de un fantasma [...]. Esto debe de ser la soledad
Efectivamente, nunca me he sentido más sola que cuando tomé conciencia de que las relaciones que existen entre los objetos, las personas y yo son hilos imaginarios. No tengo derechos ni influencia sobre nada, como nada puede afectarme más que en una invención de mi cabeza. Todo esto es como caer en un vacío en que por instinto estiras la mano para aferrarte a las cosas, pero se desvanecen. Más adelante habla de la soledad como una amputación no visible, y es cierto, porque no sabes que estás solo hasta que te das cuenta de que nada es real más allá de la imaginación de las personas, más allá de los conceptos. Estás solo, y no te das cuenta hasta... hasta que Millás te hunde la vida.
Con respecto a esto, Elena se cita con su hermano buscando que éste le reconozca, "otorgándome así un lugar en la trama de lazos e intereses que cohesionan la realidad. " Y, sin embargo, su hermano es agresivo, vehemente, como yo lo hubiera sido de toparme con una criatura voluntariamente desamparada como Elena, al igual que hizo Enrique.
Una nunca sabe lo que representa para los demás ni de qué manera gratuita se puede perder o ganar un afecto. En cualquier caso, parecía confirmar mi sensación de lejanía con respecto al mundo. Mi soledad".
Un lugar donde el grito no suena, donde las lágrimas no reblandecen nada.
Sentí un cansancio enorme por estar viva.
Y esta última la incluyo porque, en ocasiones, me define muy bien.
En cuanto a la edición, me siento obligada a hacer un pequeño comentario (ya que el libro ha sido un préstamo de Zoe). Los que me conocéis sabéis que me encantan los libros antiguos, y esta edición de los 90 se ajusta muy bien a mi criterio. Páginas finas y amarillentas, cubierta despegada y rota, anotaciones y fragmentos subrayados. No huele a una persona en concreto, sino a libro viejo, y se distinguen diferentes tintas y grafías, por lo que supongo que ha pasado por varias manos. Recorrerlo con los ojos ha sido como golpearme con una verdad que ha estado siempre frente a mí, dura como una pared de cemento, cristalina como agua; pero recorrerlo con las manos ha sido como acariciar algo familiar, un fragmento de mí misma que creía perdido.
No sé si conocéis la sensación... tal vez estoy divagando.
Al igual que a Elena, eso se me da muy bien.
Gracias, Zoe.
Un libro sin más historia que una metamorphosis.
A pesar de la insistencia de Zoe en que me leyera el libro de golpe, he necesitado varios retazos para leérmelo entre dos días. Esto, sin embargo, no ha impedido que me meta de lleno en las reflexiones de Elena, atrapada por la bola de ansiedad que se instaló en mis intestinos desde el mismo instante en que mis ojos recorrieron la primera línea.
Está reciente y doloroso en mi mente insatisfecha, que se confunde a sí misma en sus impresiones. Si yo conociera a alguien así (que se pasa el día en casa fumando hachís y bebiendo whiskey, preocupándose de su propia vida con un toquecito victimista) probablemente me sentiría molesta por tanta estupidez e inactividad inútil junta. Diría: "¡Cuántos pajaritos tiene en la cabeza! cómo se nota que no tiene que hacer nada". Yo, al igual que el marido de Elena, soy una persona que ha asumido que el mundo es como es y se ha instalado en la zona más cómoda y práctica de su propia vida, sin pensamientos trascendentales. Por eso me sorprende sobremanera la antipatía que me suscita Enrique, ese cabrón infiel e impersonal.
Es impresionante cómo los malestares de Elena se han trasladado a mí. Me sentí verdaderamente fatigada en sus desmayos, triste en sus delirios, sola en sus reflexiones. En algunas ocasiones me imaginaba estremecida por el asco y el miedo el aire gris, el frescor húmedo, el olor pegajoso de los porros y el ardor del alcohol. Veía un salón de resquicios angulosos y oscuros, todo aristas, con un reloj de madera oscura desentonando, grande y viejo, en la pared; y debajo una butaca de piel y madera, todo de un marrón gastado, gastada y dura. Los dos únicos objetos con personalidad propia, que acabaron por adquirir un matiz de calidez con la visión de Elena. Me gusta cómo ha conectado con su madre, gracias a los diarios. Me gusta pensar que, a pesar de las diferencias, ninguna distancia es insalvable.
Del mismo modo, me gusta la evolución de Elena. Me gusta su visión del mundo. Me ha hecho replantearme muchas cosas que nunca había pensado, como el porqué de las cosas que hago, el mecanismo del mundo y de las personas. ¿Hasta qué punto soy dueña de mi propia vida? Me siento tan persona y tan poco humana en este momento que la piel me molesta, y la postura en la que estoy sentada, a pesar de ser la misma de siempre. Por algún motivo, he cambiado y el mundo ya no es cómodo, ya no puedo adaptarme a él.
¿Con qué frases me quedaría del libro? Con estas, aunque no sabría decir si porque las tuve que leer dos veces, por el mazazo que supusieron brevemente para mi cabeza o si fue, quizá, porque sonaban bien. Muchas de ellas me dieron horas de pensamientos y de pesadillas sin sueños.
Porque las obsesiones parece que se van, pero regresan siempre a la cabeza tras recorrer un tubo que llamamos olvido
Estas palabras de la madre de Elena me recuerdan que la naturaleza de cada cual no se puede suprimir. ¿Cuántas veces escondo, renombro y olvido mis obsesiones? Silent Scream sabe que son muchas. Y ligada en parte a esa...
La locura resbala por la superficie de las cosas sin sufrir ningún daño.
Indiferente. Como Elena. Como yo, a veces, buscando sentimientos y lógicas donde solo hay costumbre.
La tristeza me golpeó en alguna parte, pero no conseguí llorar.
[...] se debate, como yo, entre acoplarse a lo que llaman realidad o levantar una realidad propia a la que retirarse a vivir.
En esta idea existe una suerte de sugerencia sobre controlar activamente la propia vida y el destino de cada cual. Es estimulante pensar que no tengo que seguir viendo el mundo que me rodea, pero ¿cómo cambio las cosas que me importan y las que no?
[...] aceptar que no pertenezco a nadie, a nada y que nada me pertenece [...]. Ello me reduce a la condición de un fantasma [...]. Esto debe de ser la soledad
Efectivamente, nunca me he sentido más sola que cuando tomé conciencia de que las relaciones que existen entre los objetos, las personas y yo son hilos imaginarios. No tengo derechos ni influencia sobre nada, como nada puede afectarme más que en una invención de mi cabeza. Todo esto es como caer en un vacío en que por instinto estiras la mano para aferrarte a las cosas, pero se desvanecen. Más adelante habla de la soledad como una amputación no visible, y es cierto, porque no sabes que estás solo hasta que te das cuenta de que nada es real más allá de la imaginación de las personas, más allá de los conceptos. Estás solo, y no te das cuenta hasta... hasta que Millás te hunde la vida.
Con respecto a esto, Elena se cita con su hermano buscando que éste le reconozca, "otorgándome así un lugar en la trama de lazos e intereses que cohesionan la realidad. " Y, sin embargo, su hermano es agresivo, vehemente, como yo lo hubiera sido de toparme con una criatura voluntariamente desamparada como Elena, al igual que hizo Enrique.
Una nunca sabe lo que representa para los demás ni de qué manera gratuita se puede perder o ganar un afecto. En cualquier caso, parecía confirmar mi sensación de lejanía con respecto al mundo. Mi soledad".
Un lugar donde el grito no suena, donde las lágrimas no reblandecen nada.
Sentí un cansancio enorme por estar viva.
Y esta última la incluyo porque, en ocasiones, me define muy bien.
En cuanto a la edición, me siento obligada a hacer un pequeño comentario (ya que el libro ha sido un préstamo de Zoe). Los que me conocéis sabéis que me encantan los libros antiguos, y esta edición de los 90 se ajusta muy bien a mi criterio. Páginas finas y amarillentas, cubierta despegada y rota, anotaciones y fragmentos subrayados. No huele a una persona en concreto, sino a libro viejo, y se distinguen diferentes tintas y grafías, por lo que supongo que ha pasado por varias manos. Recorrerlo con los ojos ha sido como golpearme con una verdad que ha estado siempre frente a mí, dura como una pared de cemento, cristalina como agua; pero recorrerlo con las manos ha sido como acariciar algo familiar, un fragmento de mí misma que creía perdido.
No sé si conocéis la sensación... tal vez estoy divagando.
Al igual que a Elena, eso se me da muy bien.
Gracias, Zoe.
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